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La tinaja de Pandora

26, Abril 2018

La tinaja de Pandora

En momentos de crisis, los países necesitan abrir sus tinajas de Pandora para ver si adentro hay algo que les confirme sus obsesiones y miedos. Estas vasijas nunca fueron cajas, como se dice, porque los males atesorados eran demasiados.... Opinión de Sergio Marras, publicada en La Tercera, Chile.


En momentos de crisis, los países necesitan abrir sus tinajas de Pandora para ver si adentro hay algo que les confirme sus obsesiones y miedos. Estas vasijas nunca fueron cajas, como se dice,  porque los males atesorados eran demasiados.

Quien abre esas tinajas es el poder, sea político, económico, militar o religioso. Para justificarse, gatilla los terrores ciudadanos con medias verdades o mentiras y  así consigue ser apoyado en sus delirios obsesivos por “la voluntad del pueblo”.

Pandora tenía instrucciones divinas de no abrir su tinaja. Adentro estaban todos los males humanos. Sin embargo, la ansiedad, aunque seguramente fueron innumerables presiones, pudo más que su voluntad y la abrió comprobando, impotente, cómo se le escapaban las calamidades sin control.  

Quienes abren las tinajas de Pandora creen ser omnipotentes y presumen de que los maleficios liberados no les atacarán. Sienten que la vida los ha bendecido eternamente con la impunidad. No parecen saber estos poderes que cuando la cacería comienza ellos también serán finalmente víctimas de los odios desatados.

¿Quién podrá creer, por ejemplo, que en la Inglaterra actual se ha lanzado una cacería ominosa contra personas de raza negra, británicos todos ellos? Es, quizás lo más triste que ha ocurrido en Inglaterra desde los bombardeos de Hitler o los atentados del IRA.

Cuando comenzó el discurso antieuropeo de la Primera Ministra Teresa May, siendo secretaria del Interior de David Cameron, impuso a rajatabla su política de “ambiente hostil” contra los inmigrantes ilegales y llamó a arrendatarios, médicos, y profesores a denunciarlos si descubrían que no tenían papeles. También sacó camionetas a las calles con carteles conminándolos a abandonar el país bajo amenaza de cárcel.

Endureció las leyes de residencia y puso como encargados de las visas a jóvenes adoctrinados en su política que comenzaron a competir en quien rechazaba más peticiones para ser bien evaluados.

El ambiente del Reino se intoxicó con xenofobia.

Muy pronto, aunque por supuesto no era la idea del gobierno, comenzó el apuñalamiento de europeos del Este en las calles y el matonaje con los niños extranjeros en los colegios. El terror de no hablar inglés en el metro se hizo carne viva.

A un vecino negro le pregunté si no serían ellos los próximos. Me dijo, socarrón, no. Yo soy británico y los europeos del Este han venido a quitarnos el trabajo. No pasó mucho tiempo para que el Ministerio del Interior, deportara también negros británicos.

A May ya se le había advertido desde el Parlamento que su nueva ley sería inútil contra la inmigración ilegal, -es la única que sigue aumentando-, y que le haría mucho daño a personas que estaban legales en el país.

Así, a muchos británicos de origen caribeño  y africano, llegados en los años 50, y a sus descendientes, que nunca sacaron pasaporte o lo perdieron, se les ha obligado a probar que vivieron en el país, año por año, a través de cartolas bancarias, pago de contribuciones, tarjetas de salud, y hasta fotos porque no hay registros civiles en el país. Cada una de estas “pruebas” vale o no a discreción de un funcionario de migración obsesionado por bajar la cantidad de extranjeros.

Profesores, paramédicos, cajeros de supermercados, carteros, conductores de autobuses que habían vivido toda su vida en el Reino Unido, y eran por derecho británicos, perdieron la jubilación, las licencias de conducir, el acceso a la salud, al trabajo y a arrendar una vivienda. Sus cuentas bancarias fueron congeladas. Más de 10.000 casas han sido allanadas por la policía. Los afectados son más de 50.000.  Algunos han muerto sin atención médica; otros fueron deportados a países como Jamaica o Barbados, donde deambulan sin conocer a nadie con el humillante instructivo del Ministerio del Interior en la mano que les aconseja que cuando estén en esos países aprendan el acento local para no ser discriminados.

El gobierno ha dicho que todo ha sido un error y que les confirmarán la nacionalidad de inmediato. Los funcionarios de migración afirman que no ha habido ninguna equivocación sino que simplemente han seguido estrictamente la política del gobierno.  

Cuando les pregunto a mis vecinos británicos de origen paquistaní su opinión, dicen nerviosillos: somos británicos.

Les he dicho que vayan poniendo sus largas barbas en remojo, que las tinajas de Pandora una vez abiertas ya no se pueden cerrar.

 

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